jueves, 18 de marzo de 2010

Día Miércoles, Diecisiete

Sabía que hoy nos íbamos a encontrar…
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Al despertar bajé desnudo corriendo por las escaleras a ponerle los seguros a la puerta. Me había quedado solo, y se supone que debo hace esto para evitar que entren y roben la casa. Bajé casi corriendo con los ojos cerrados, aún dormido. Escuché entonces, una voz que por un segundo pensé, provenía de afuera, luego se aclaró esa voz: - “Pedro, ya estoy aquí ¿Quieres corriente arriba?” / - “Ah, no, no quiero papá”. Subí otra vez corriendo y ésta vez no elegí mi dormitorio oscuro; escogí la cama fresca y ya hecha de mi hermana. Seguí roncando y gimiendo, los sueños. Ya casi al mediodía, llegó mi hermana a casa y subió hasta donde yo estaba, vio que me tapaba con una frazada de osito; quería seguir dormido, pero mi hermana me hablaba entusiasmada, de no se qué, yo sólo le sonreía. Pegaba los ojos. Entonces, creí que ya era conveniente levantarme y envuelto en el osito caminé hasta meterme a mi cuarto. Qué oscuro.
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Mientras más me siento despierto, recuerdo.
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Ayer me había acostado algo triste y había despertado así. Pocas veces me había sentido tan impotente y frustrado. Sin poder hacer nada por cambiar la historia –alguna historia; hubiera hecho lo que sea para poder ayudarle, pero al final no pude; lo asesinaron. No pude hacer nada, lo decapitaron. Leo hoy sus palabras, sus pensamientos:
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“…En este momento me interesa escapar del engranaje, saber si lo inevitable puede tener salida. No sé cuántas veces me he preguntado si habrá ejemplos de condenados a muerte que se hayan librado del engranaje implacable, desaparecido antes de la ejecución, roto el cordón de los agentes. Me he reprochado ahora el no haber prestado suficiente atención a los relatos de ejecuciones. Uno siempre debería interesarse por estos temas. No se sabe nunca lo que puede ocurrir. Como todo el mundo, yo había leído informaciones en los periódicos. Pero existían, sin duda, obras especiales que nunca tuve curiosidad de consultar. Quizá en ellas habría encontrado relatos de evasiones. Me hubiera enterado de que, en un caso por lo menos, las ruedas se habían detenido, de que en su precipitación irresistible, el azar y la posibilidad, por una vez, al menos, habían cambiado alguna cosa. ¡Una sola vez! En cierto sentido creo, creo que esto me hubiera bastado. Mi corazón habría hecho el resto. Los periódicos hablaban a menudo de una deuda para con la sociedad que, según ellos, era necesario pagar. Pero esto no habla a la imaginación. Lo que interesa es la posibilidad de evasión, un salto fuera del rito implacable, una loca carrera que ofrece todas las posibilidades de esperanza. Naturalmente la esperanza consistía en ser abatido de un balazo en la esquina de una calle, en plena carrera. Pero, bien considerado todo, ese lujo no se me estaba permitido, todo me lo prohibía, el engranaje me enganchaba nuevamente.”

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El extranjero ha muerto, hace muy poco se le murió la mamá.

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Sólo quedo esperar que el día de la ejecución, haya muchos espectadores recibiéndolo con gritos de odio. Así todo se habría consumado, y al fin, no se sentiría tan solo. Tristeza. Me sintió un poco y se lo comenté a mi hermana, dicho sea también de paso, le conté también de que trataba la historia que le venía contando. Empezaba la tarde.

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Todos estos días he estado bromeando con mamá, nos “alucinamos” de igual a igual. Ahora le estuvimos haciendo bulla a mi hermana; decía –mi hermana- que no la dejábamos concentrar. Les dije, a las dos que saldría. La madre curiosa pregunta adónde. Le contesto y agrega enseguida: “Ay, tú me mientes”. No reprochaba nada especial, fue más bien, un comentario tierno. Le dije que no la encontraría acostada, nuestras risas. “Chau. Regreso”.

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Fuera de casa empecé a caminar, salí de buenos ánimos, tranquilo como “debía” estar. Al menos quería tener la sensación de tener todo bajo control… Me tapé la cara del viento y un chasquido. El porrito ha prendido. “…si está riquísimo”. Doy unas jaladas y lo guardo -aún encendido- en la caja de los cerillos. El pecho henchido. Pienso: “Debes controlar toda la situación. No te vayas a inquietar o descontrolar”, repitiéndome sin parar, ya llegará. Tomo luego de unos pasos, uno de esos “taxis” colectivos, esos que nunca se les pueden bajar las ventanas, pues siempre están dañadas. “Al centro”. Durante el trayecto, seguía acompañándome el susurro: “…tranquilo, camina, tranquilo, camina…” Seguí, y me di la libertad de poner una pausa. Me paré a ver que dicen hoy las carátulas en los diarios, hablan de una goleada del Aurich de Chiclayo. Pienso que esto no es importante, aprovechó a comprar un cigarrillo y caramelos. Continúo mi camino. Ya mismo llego. “…tranquilo, camina, tranquilo, camina…”. Miro en todas direcciones, no está, no espero nada y la veo llegar, es la única que busca a alguien con la mirada. Me le pongo delante. “¡Hola!”. Nos saludamos de modo discreto. “No sabes cuánto lo he repetido: …tranquilo, camina, tranquilo, camina… y ya estamos acá; y manejaré la situación, tienes que ayudar”. Reímos. Y todo el resto de la tarde nos la pasamos riendo. Fue divertidísimo verte reír, sin que ninguno tuviera que esforzarse. Es una tarde ligera. Te reías conmigo y pegabas tu cara y tu risa a mi cuello. Pensé entonces en el cuello del extranjero, a quien le cortaron el pescuezo. Pero bueno, hoy yo era un personaje feliz y lo viví. Ella se descansaba en mi angosto pecho y yo le miraba las piernas largas. Entre bromas las acariciaba. Reías y me hablabas de tus amigas, te hablé entonces del “extranjero”, y me hablaste de tus amigas. Te hablé de Chiclayo y hablé entonces de mis amigas. Hablo de Filosofía (que desaprobaría). Le dije que era la piña “- ¿ósea que, justo a ti, mamacita, solo a ti te joden?” / - “Ayyy Pedro”. Reías. Me ponías feliz y “vivito”. Ya de noche no estuvimos. Reanudé entonces mi camino. “…tranquilo, camina, tranquilo, camina…” No debo descontrolarme. “Tranquilo” como susurro al oído. Tranquilo.

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. Estabas tan deliciosa

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Horas después, otra vez apretujado en un taxi. Pensé que llegando a casa, lo primero que debería hacer es escribir, tarareaba una canción. En medio de dos señoras. … “Hace calor, señor” dijo la de mi derecha. El chófer no hizo caso. “Abra la ventana, el calor” – insistió. - “No se puede séño. Está dañada” – dijo esta vez el conductor, entonces no me aguanté y reí. Y seguí ordenando en mi mente todo lo que había pasado. Arrancaba el carro.

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Me sentía más hombre que nunca, pero también me sentía menos “mío” ahora.

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