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Siempre me gustaron los libros. Tengo claros recuerdos de cuáles fueron los primeros. Y aunque en ése entonces no los usaba precisamente para leer, los escogía en su mayoría, de acuerdo al número de figuras que tenían para ver. Recuerdo dos publicaciones: Traigo a mi mente –primero- una Enciclopedia, compuesta por cinco tomos forrados de rojo. Me eran pesados recuerdo, pero tenían de todo en orden alfabético. Cada carilla era una palabra, con información e ilustraciones a todo color; así había una página destinada para la Abeja y otra para el Castor; así como también tenía su propia página la palabra Catacumbas y la palabra Nueva York. Había de todo. Me echaba en la cama de papá a leer esos tomos. Hasta ahora –dieciséis años después- creo que aún no lo descubro todo, en esa enciclopedia a todo color. Ahí hablaban de los primeros trenes americanos y de Irlanda del norte. Había fotografías de caballos y de animales que a esa edad nadie conocía. Lémures y koalas, también casuarios. Hablaban de los Andes sudamericanos y de los Celtas también. Nunca me cansaba de ver y leer, la emoción era más al ver (así fue como empecé a dibujar). Aún tengo esa enciclopedia, aunque muy destrozada eso sí. ¡Qué descuido para ser eso un pedazo de mi vida! La Enciclopedia Océano. Ahora bien, como la Océano fue primero, ahora falta otro recuerdo de aquellos primeros “libros–folletos” (digo folletos por la bonita calidad del papel y de la gran cantidad de ilustraciones), hablo de la Santa Biblia, otra pesada edición, ésta vez forrada de color negro, la primera imagen: la María mexicana, la Virgen de Guadalupe. La biblia ha de tener muchísimos años con nosotros; es curioso, la tenemos como guardada. Sé exactamente dónde está ahora, envuelta en una bolsa blanca. Como si por cosa de una broma, alguien haya decidido esconderla. Pienso si es que alguien más en casa habrá tocado esa biblia. A diferencia de la Enciclopedia, la Biblia, obviamente no era diversa, sólo había imágenes santas. Me llamaban mucho la atención los dibujos, y es que ya no eran sólo ilustraciones y bonitos dibujos; ésta vez era arte. Todas las figuras de la Biblia correspondían a pinturas de arte religioso, pinturas religiosas, pinturas del Vaticano. Habían imágenes de la Historia del mundo según la historia bíblica: Ahí estaba Jacob borracho peleando con un ángel y a Jesucristo lo estaban desnudando, de la corona, sangrando. Veía a Sansón abriéndoles las fauces a los leones y a los siervos de Dios que se negaron a arrodillarse ante el dios de Nabucodonosor, claro quemándose ya en el horno. Y aparte de las imágenes religiosas, al centro de las miles de hojas finitas, había fotografías. Fotografías de Tierra Santa, esa porción de tierra en Medio Oriente, que según leí alguna vez es una región donde la gente va y se enferma, llegan, respiran y ya quieren quemar sinagogas, matar cristianos o bombardear mezquitas. Tierra Santa porque esta región es considerada divina para varias religiones, entre ellas la cristiana, la judía y la musulmana. Comprende las regiones actuales de Israel, y Gaza y Cisjordania (estas dos ultimas regiones conforman el pueblo palestino actual). En esas fotos centrales de la “Bibliaza” no había ni guerras santas, ni siquiera religiones. Eran sólo fotografías tomadas de esos paisajes. El río Jordán tan celeste y los pastores de medio oriente. Veía que al otro lado del mundo también criaban burros como acá en las chacras. Aprendí de esa región ardiente. Medio oriente. Y dibujaba las caras y las ovejas, y dibujaba también la Calavera, el cerro donde colgaron a Jesús de un madero. Cómo pasaba esos tiempos, echado en la cama de papás sólo viendo y viendo tantos dibujos, y también leyendo. Pasaba horas así. Nada indicaba cómo pasaba el tiempo; en la casa se escuchaba todo lo que pasaba al costado, donde la señora Chela y recuerdo con especial claridad la vez que mamá llevó una vez por la noche una zoña, que es un pajarito flaquito. Ni la miré. Nunca me interesaban los animales, ni los miraba. Seguí leyendo. Leyendo mientras el mundo gritaba Maradona, año noventaicuatro. Yo no conocía a nadie. En casa eso sí vivía con una gente. Las veía por ratitos, por segundos; años después me la presentaron oficialmente: mi familia. Mientras que al crecer la gente empezó a preguntarme cómo era que posible que yo supiera que existía algún país llamado Irlanda del Norte. Me preguntaron entonces por Thor. Les dije que era un dios escandinavo. Me miraron. Ah ya sé: “el dios del rayo” dije. Fue entonces que se sintieron aliviados. Avanzando. En Marzo, a Bruno… lo enterramos. Un gran libro se había cerrado. Noveintainueve.
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