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El extranjero ha muerto, hace muy poco se le murió la mamá.
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Sólo quedo esperar que el día de la ejecución, haya muchos espectadores recibiéndolo con gritos de odio. Así todo se habría consumado, y al fin, no se sentiría tan solo. Tristeza. Me sintió un poco y se lo comenté a mi hermana, dicho sea también de paso, le conté también de que trataba la historia que le venía contando. Empezaba la tarde.
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Todos estos días he estado bromeando con mamá, nos “alucinamos” de igual a igual. Ahora le estuvimos haciendo bulla a mi hermana; decía –mi hermana- que no la dejábamos concentrar. Les dije, a las dos que saldría. La madre curiosa pregunta adónde. Le contesto y agrega enseguida: “Ay, tú me mientes”. No reprochaba nada especial, fue más bien, un comentario tierno. Le dije que no la encontraría acostada, nuestras risas. “Chau. Regreso”.
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Fuera de casa empecé a caminar, salí de buenos ánimos, tranquilo como “debía” estar. Al menos quería tener la sensación de tener todo bajo control… Me tapé la cara del viento y un chasquido. El porrito ha prendido. “…si está riquísimo”. Doy unas jaladas y lo guardo -aún encendido- en la caja de los cerillos. El pecho henchido. Pienso: “Debes controlar toda la situación. No te vayas a inquietar o descontrolar”, repitiéndome sin parar, ya llegará. Tomo luego de unos pasos, uno de esos “taxis” colectivos, esos que nunca se les pueden bajar las ventanas, pues siempre están dañadas. “Al centro”. Durante el trayecto, seguía acompañándome el susurro: “…tranquilo, camina, tranquilo, camina…” Seguí, y me di la libertad de poner una pausa. Me paré a ver que dicen hoy las carátulas en los diarios, hablan de una goleada del Aurich de Chiclayo. Pienso que esto no es importante, aprovechó a comprar un cigarrillo y caramelos. Continúo mi camino. Ya mismo llego. “…tranquilo, camina, tranquilo, camina…”. Miro en todas direcciones, no está, no espero nada y la veo llegar, es la única que busca a alguien con la mirada. Me le pongo delante. “¡Hola!”. Nos saludamos de modo discreto. “No sabes cuánto lo he repetido: …tranquilo, camina, tranquilo, camina… y ya estamos acá; y manejaré la situación, tienes que ayudar”. Reímos. Y todo el resto de la tarde nos la pasamos riendo. Fue divertidísimo verte reír, sin que ninguno tuviera que esforzarse. Es una tarde ligera. Te reías conmigo y pegabas tu cara y tu risa a mi cuello. Pensé entonces en el cuello del extranjero, a quien le cortaron el pescuezo. Pero bueno, hoy yo era un personaje feliz y lo viví. Ella se descansaba en mi angosto pecho y yo le miraba las piernas largas. Entre bromas las acariciaba. Reías y me hablabas de tus amigas, te hablé entonces del “extranjero”, y me hablaste de tus amigas. Te hablé de Chiclayo y hablé entonces de mis amigas. Hablo de Filosofía (que desaprobaría). Le dije que era la piña “- ¿ósea que, justo a ti, mamacita, solo a ti te joden?” / - “Ayyy Pedro”. Reías. Me ponías feliz y “vivito”. Ya de noche no estuvimos. Reanudé entonces mi camino. “…tranquilo, camina, tranquilo, camina…” No debo descontrolarme. “Tranquilo” como susurro al oído. Tranquilo.
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. Estabas tan deliciosa
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Horas después, otra vez apretujado en un taxi. Pensé que llegando a casa, lo primero que debería hacer es escribir, tarareaba una canción. En medio de dos señoras. … “Hace calor, señor” dijo la de mi derecha. El chófer no hizo caso. “Abra la ventana, el calor” – insistió. - “No se puede séño. Está dañada” – dijo esta vez el conductor, entonces no me aguanté y reí. Y seguí ordenando en mi mente todo lo que había pasado. Arrancaba el carro.
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Me sentía más hombre que nunca, pero también me sentía menos “mío” ahora.
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