Por Rocío Silva Santisteban.
Un crimen pone de relieve las difíciles relaciones entre madres e hijas.
Me perturbó saber que la autora del crimen de Miriam Fefer ha sido, aparentemente, su propia hija. No solo porque yo también tengo una hija (y solo una) o por el detalle policial y el obvio asunto morboso: sino también porque el caso pone sobre el tapete los frágiles vínculos que algunas hijas tienen con sus madres, y viceversa. En sociedades donde los valores patriarcales se han diluido en un autoritarismo irresponsable (el padre ausente), los vínculos entre mujeres solas, como entre madres e hijas, se vuelven extremadamente complicados. Como sostiene la feminista francesa Luce Irigaray, la relación de la hija con su madre es, desde siempre, desde el útero, una lucha cuerpo a cuerpo.
Una relación que no se centra solo en la necesidad de la hija por reafirmarse en su individualidad y separarse de la madre sino, precisamente, porque en ese afán debe de rechazarla e identificarse a su vez, debe de negarla y amarla, de sentirse cómplice y adversaria, de culparla por otras ausencias (la del padre, por ejemplo) y de eximirla. Una relación en la que tensiones de todo tipo adelgazan el cordón umbilical hasta volverlo una gasa que no cura las heridas.
¿Qué requieren dos mujeres que han sido una sola para poder pararse frente a frente y reconocerse como diferentes? Debe de haber valentía, sobre todo, y las manos de la madre abiertas de par en par sabiendo que una hija no es propia, al contrario, se pertenece a sí misma en la medida en que se desprende de la madre. Los hijos son de la vida: no hay mano firme que pueda aprehenderlos sin ahogarlos. La hija podrá andar sola cuando, finalmente, pueda mirar a la madre desde lejos y reconocerse, como dice Irigaray, como una imagen especular: “Te miras en el espejo. Y tu madre se encuentra ya en él. Y pronto tu hija madre. Entre las dos, ¿quién eres tú?, ¿dónde encontrar-reencontrar tu lugar?”.
Las fotos de Fefer y Bracamonte dan cuenta de un parecido asombroso, y de una actitud aparentemente similar, ligeramente soberbias, ocultando quizás una fragilidad difícil de portar en mujeres que desde siempre están destinadas a los negocios. ¿Cómo afrontar la fortuna y la soledad, la sobrecarga laboral y la angustia por el envejecimiento? En las fotos de Fefer que circulan en los diarios la vemos maquillada, con los hombros descubiertos, mostrando orgullosa una belleza otoñal y un cuerpo todavía incitante; en las que circulan ahora de Bracamonte la vemos en la cúspide de su juventud, desafiante, fresca, sonriente, abrazada a su vez a otra mujer en un acto de lo más trasgresor. Y me asalta a la mente: ¿qué tienen en común madre e hija en esas fotos, además de las cejas tupidas, y la frente alzada?, ¿qué hay de común en esos cuerpos además del parecido físico?, ¿qué las asalta, que las hunde, qué las inmoviliza?
No quiero entrar en disquisiciones psicológicas para interpretar un crimen cometido con perfidia, alevosía y ventaja, pero no puedo dejar de observar que todas las hijas venimos de una madre que, de alguna u otra manera, nos ha enseñado a respirar, a sobrevivir y a transgredirnos en ellas.
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